lunes



La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tu existías,
que me quisiste: jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.

Pedro Salinas

miércoles

¡Te quiero tanto!, ¡te quiero tanto!
Así, así te quiero, en oraciones diferentes.

Se escapan antes los besos, y me gustaría quererte con algún orden,
con algún ritmo como me querés vos.
Con paciencia...

Te quiero apurada. Te quiero en oraciones separadas,
de formas desiguales, desmedidas, desvestidas.

Te quiero, a veces te quiero para siempre, a veces nada más te quiero,
a veces no sé cuánto te quiero.


Me gustaría quererte de mil formas menos esta,
aunque a veces me gusta más cómo te quiero.

Si algún día mis palabras se mezclan todas,
(como si tenés un sueño en el que sólo te digo una palabra)
(una única palabra que diga todas las demás)
quiero que quieras recordar esa palabra
y no cada una de las que, si no, te digo.


Quiero quererte como quiero, y siempre me conflictúa, quererte.

Quizás quiero que no lo haga,
que quererte sea simple, como quiere Cortázar,
y vos querés que te quiera como quiero yo,
y el problema está sólo en el verbo.

lunes

Y que en tus ojos se vean el dolor y el placer,

que sientas mi cuerpo sobre el tuyo y no sepas nada más...


pero me ames,
no dejes de amarme...

martes

Pánico placer

Me volviste loca en todos los sentidos. Loca por seguirte, loca si me agarrabas la mano, idiota ante tu sonrisa, perdida porque te rías de algo que yo pudiese decir. Me volviste loca maníaca, todas las camas iguales después de la tuya, todas incompetentes y en todas yo fui una adicta buscando pánico. El pánico se siente en la boca del estómago y entre las piernas. Aunque (también vos hiciste eso) creo que lo de entre las piernas no les pasa a todas. Desde tus besos ningún otro beso tiembla, y habría que matarte por eso.
Sigo queriendo creerte, quizás porque te sigo queriendo. Que todo era el cierre de un ciclo y que podría no verte nunca más. Confiás(te) en mí, y más te vale.
Sos una droga que trata de mantenerme sobre la línea entre el placer y la desesperación. Y la adicta se queda, más hacia un lado, más hacia el otro. Y si me desespero te escribo, si me da placer te beso. Lo que no es fácil es quedarme entre la acción y la pasión, quedarse en el stand-by del adicto que no puede más que deleitarse con el dolor de estómago y la sensación ahí abajo, y apretar las manos y respirar hondo porque no le alcanza el aire. Que no se termine, que no se termine, vos, ahí estás vos, lo que me dijiste, tu voz, tus besos, tus atentados.
Orgasmo.
Y después no hay nadie entre las sábanas, y el ritmo cardíaco vuelve (a veces más pronto, a veces más tarde) a la normalidad, y siguen mis manos apretadas y no falta dolor para vómitos de poesía.

A veces siento que es fácil decirte que no. Sobre todo si paso mucho tiempo sin verte, te volvés irreal.
Se trata un poco de eso, del cierre de ciclos, de la vuelta a lo conocido o la búsqueda (fútil) de resultados semejantes a los que producían tus palabras. Llevo tu molde y amaso y desmoldo. Pero son todas versiones, ninguna capaz de generar en mí admiración tal. Y a la vez está la sensación de creerme autora de todo, casi como si, sin mí, no huieras sido lo que sos, no te hubieras llevado nada de mí, nada de nadie.
Nadie, porque las hay, las hubo, las habrá.
Pero no importa tanto, no viene al punto.

Las contracciones cardíacas me las das igual, porque se trata de mi y no sé nada de vos, y no aparecés en la conversación, no aparecés en las lágrimas, no aparecés en las promesas.
Jugás seguro, y aparecés en todos los sueños, en todas las camas y en todos los poemas. Aparecen tus ojos en mi maniquí, que me toca como vos tocás y me dice lo que vos decís.
Aparecés en la tijera que corta y recorta, aparecés en mis respuestas y a veces me tomás por sorpresa, aparecés donde no deberías y te escribo un texto.
Me volaste la cabeza y nunca llegué a escribirte, en parte por odio, en parte por amor, para no aparecer en ninguna promesa, no darte ni sí, ni no; y encontrar otra cama en la que
el pánico
sea
promesa
y después
abrazo.

miércoles

No te quiero como quiero quererte...
Te quiero como puedo, y a veces
más de lo que quiero poder;
a veces menos.

Ese deseo se envuelve en vapor y en nubes...
sus bordes se esfuman con el fondo
y se vuelven infinitos, extensos, con la nube.

Si te quisiera como quiero quererte
sería un amor finito.
Un amor sin vueltas y recobecos, un amor sin escondites
un amor sin carreras, un amor con remedios.

A veces te quiero y pensás que no.
O pensás que te digo que no, si te digo 'te quiero'.

Es triste no quererte tanto como puedo,
o poder quererte de más,
y que de vez en cuando me tires besos por la cabeza.

Es difícil ver como dormida te quiero perfecto
ni más ni menos, te quiero sin remedios, te quiero como quiero.
Y si no estamos dormidos, encontrás los bordes del cariño
ahí donde se cruzan con lo que vos me querés.

Una nube y otra nube, y nos queremos a veces más allá de tu nube,
a veces más acá de mi nube.

Y pensamos que nos queremos mucho, poco, nada...
Que nos queremos más o menos.
O que nos queremos
a veces.
No sé
cuánto te quiero,
(o cuánto quiero quererte.)


Pero sé que te quiero.
A veces mucho, a veces poco, y a veces nada.
http://youtu.be/wZi-HDLJifI

Se despiertan las puntas de los hilos que tejen mi cuerpo... se separan en hilos más finos, el aire alrededor se vuelve más permeable, y desaparece la película invisible que hay alrededor de mi piel, de la que pocas veces soy consciente.
Estiro mis brazos, extendiéndolos sobre el todo que me rodea, que me alcanza. Puedo moverme, formar parte del aire...
Mis brazos vuelven hacia mí, para abrazarme... el sólo deseo de atraerlos hacia mi cuerpo hace que los hilos se doblen y se acerquen. Cuando mis brazos están sobre mi pecho, me abrazo y siento cómo esos hilos van uniéndose a otros, formando conexiones tensas... si muevo los brazos siento como esas conexiones se rompen y a su vez se van formando nuevas, tan débiles (o tan fuertes) como las anteriores.

Quizás no me importe si esto dure para siempre...

Mis piernas se encargan de mecerme, y no llego a darme cuenta de dónde proviene la órden para que lo hagan, víctimas de una música que no puedo decodificar.

Sucede que en algún momento los hilos, atentos, ávidos, se conectan con hilos que se sienten distintos... las conexiones producen un cosquilleo más simple, más inesperado.

Sólo puedo sentir esos hilos cuando esto sucede... no hay información que procesar, no hay ideas invasivas... no hay cuerpo, no hay otros hilos. El contacto requiere mi atención completa... quiero que siga... Siento como nuevos hilos van conectándose, cada vez más unidos con los otros, cada vez más cerca, cada vez más superficie...

En la espalda, en los brazos, en los hombros...
La piel dejó de ser tal, mis manos, mis piernas, mi cabeza ya no se mueven por mi voluntad, sino que buscan encontrarse nuevamente con hilos tuyos, de los que enredarse y desenredarse, de los que tironear, a los que tentar a enredarse para después hacerse a un lado y darte cosquillas.

Ahora todo es hilos enredados, o esperando enredarse... ya no hay aire queriendo desvanecer los bordes de mi cuerpo, porque ya no hay bordes. No hay besos o caricias, sólo conexiones que se unen y separan. Siento el tirón de las separaciones y la atracción de dos hilos que están por enredarse... y una después de la otra van sucediéndose, a lo largo de todo lo que alguna vez consideré mi cuerpo.

Las separaciones se vuelven cada vez menos perceptibles, las uniones más fuertes... puedo acercarte hacia mí para mantener nuestros hilos unidos por más tiempo, o puedo deslizar mis manos para que vuelvas a sentir las separaciones y te cambie la respiración. Cuando se juntan nuestros hilos respiramos más fuerte... y nos damos cuenta de que algunos hilos son aún más fuertes que otros, que son más intensos, que las continuas intermitencias de los hilos que se unen y deshacen, que se forman y se separan, hacen que levante la temperatura.

más cerca
más lejos
más fuertes
más intermitentes
más imperceptibles
más rápido
más lento
más calor

La voluntad de las conexiones nos excede. Por más que intente alejarme, mis hilos tienden a tus hilos. Tus hilos tienden a mis hilos. La posibilidad existe, de que quizás no querramos separarlos.

Quizás no nos importa que dure para siempre.

Nada más hay ahora, que hilos que bailan ante el sonido del aire. Hilos que esperan, fines de largas conexiones que unen tus hilos con alguna clase de conciencia de mí misma, que a la vez son parte de mí, pero que me dictan tu temperatura, tu frecuencia, la intermitencia de tus hilos. La ambigüedad de pertenencia me confunde... quiero hacerme dueña de esos hilos; sé que son ajenos a mí al comunicarse conmigo, y que son más yo que nunca en el momento en que te conectan conmigo.
Me acompañan palabras que describen, ante la ausencia de conexiones que me abrumen, las conexiones que existen y las que puedo recordar.

jueves

Leías mis sueños. Tu respiración se condensaba antes de llegar a mis labios. No estabamos tan cerca esa vez, pero aún así sabías decirme si dormía o velaba. Decías que me escuchabas la respiración. Todavía lo decís. Pero respiro menos.
Leías mis sueños. Soñaba que soñábamos y amanecíamos desnudos, abrazados, besados, transpirados. Soñaba que volvías, que extrañabas contarme mis sueños antes de que los sueñe. Buscaba esa noche algo que me devolviera el aliento, algo que me escuchara antes de sonreír. Alguien con paciencia para esperar las palabras exactas. O esperar que yo las encontrara, para mí, y entonces dejara de necesitarlas.
Leías mis sueños... leías que nos soñaba, y te reías, y yo creía que de mí te reías. Me estropeaba contra esos sueños, contra la cama en la que los soñaba. Recorría el mapa como si con el dedo trazara líneas sobre tu piel, buscándome. Buscando algo que fuera sólo mío, algún secreto, alguna tontera, alguna ridiculez, tesoro, motivo razón o circunstancia.
Vos seguías ahí, semidormido. Y seguías leyendo mis sueños. Adivinándolos a partir de cambios en mi respiración, en la posición de mis pupilas (¡aún cuando tenía los ojos cerrados!) en la tensión de mis manos (bueno, eso era más fácil), en la fuerza con la que te abrazaba si dormíamos en la misma cama. Y me jodía un poco leer tus lecturas.
Vos leías mis sueños, yo leía que me leías. Horas de silencios inmensos, infinitos.
"Soñé algo."
Sonrisa, caricia. No quería que tuviera el mismo final.
Que elegía lo que soñaba, eso me hubiera gustado soñar.
Que los sueños dejaban de tirarme con realidades paralelas.

¿Qué es eso de soñar que nos escuchamos, nos miramos, nos besamos, nos sentimos, nos transpiramos... Somos...


Me ahogaba con la almohada para que pensaras que me había dormido. Y te escuchaba llamarme y me quedaba quieta... quieta... quieta.
¿Qué pasa?
A algunos sueños no los leías. Algunos se te escapaban disfrazados de días, de inventos e historias tristosas que algún día voy a escribir acá.


En mi mente volvía a esas calles y esos mapas, los caminaba despacio, dejando que las curvas de piel grisácea me llevaran hasta mi tesoro. Cerré los ojos con calma... apreté un poco la mano izquierda y con la derecha apreté el abrazo. Dejé que la respiración se volviera tan normal como fuera posible.
"¿No podés dormir?"


Sueño que soñás conmigo.
Dos líneas de alegría y una risa blanca.
Un abrazo impulsivo, apretado. De tus labios parte una canción.
Curiosa y atenta, espejo (a veces) de mis palabras. Pequeña locura.

Callé tus miedos la última vez... miedos que desconocíamos, miedos que no quisiste explicar. Sequé el dolor que caía por tus mejillas. Y sin embargo no fue suficiente... tu ausencia me vació el alma, te busqué, te esperé todos los días que siguieron.

Y apareciste después, al fin, con tu luz y tu miedo, que aún estaba atrás de tus pupilas.
Entonces creí que se había pasado todo.
Pero hoy gritás en silencio, que grita más fuerte, y tus ojos se vuelven úes y tus lágrimas mis lágrimas.

lunes

En el olvido de tu piel helada,
que no se rompe con mis palabras,
ni con mis abrazos,
ni con mis uñas trazándote líneas sobre la espalda,
volví a buscar aquella sonrisa
aquella espera incondicional
y el reflejo del dolor intenso del fracaso...

Llorá conmigo, besos fríos y ni una palabra
pero tus lágrimas se derriten en mis manos
y mi piel se sirve de tu aliento,
blanco, entristecido... muerto.

Príncipe, tu risa es tibia, me acompaña
río sobre tu cuerpo, río sobre tu piel...
y a veces dejo que me alcances.
Entonces tus manos atacan mis manos
y se enriedan, y se pierden...

Sigamos el juego,
aún puedo respirar en este orgasmo helado,
puedo abrazarte o mantenerte lejos,
todavía no ahuyentaste mis gritos de dolor
ni dejaste de llenarme placer.
Mis brazos abiertos reciben tu ternura
aguardan, acallan,
los gritos de niño que inundan tu voz.

No tengas miedo,
voy contemplar tu tristeza y llorar tus lágrimas
otra vez, estoy acá
para apagar con vodka tu dolor.

Tenés frío.
Dejame sostener tus manos
que arañan las paredes indestructibles de tu alma.
Que te lastiman cuando no podés darles una respuesta.

Te encerraste en un laberinto del cual sólo vos conocés las vueltas.
Y sin embargo no sabés dónde estás.

Soy tu espejo de recuerdos.
Para que te encuentres
Ciego, vivo, eterno.

sábado

Dejé de apagar la tristeza con besos ajenos
cuando encontré mi lluvia.

Los besos ajenos se sienten fríos
-más fríos que tus besos cuando eran ajenos-.

Tenés olor a estar en casa,
y lo demás no importa.

Las gotas de lluvia me dejan a veces
van a besar otros rostros
Pero otras tormentas no queman igual,
no recorren mi piel con la misma dulzura,
no se mezclan con las gotas que caen de mis ojos.

Mi cuerpo es de esa lluvia
y la distancia que invento entre mi piel y otra piel
desaparece cuando es tu piel.

jueves

Voy a escribirte una historia que te queda grande, y quizás después ya no te escriba más historias.

Soñé que me soñabas, que me esperabas al final de aquel puente y cuando veías mi cuerpo acercándose desde mi isla te acercabas hasta tu mitad. Habíamos armado un puente juntos, habíamos decidido acercarnos por aparente voluntad de ambos, porque los lados de nuestras islas eran tan parecidos que nos hacía sentir amigos, sentir hermanos, sentir humanos, sentir amados.

Un día me desperté y ahí estaba el puente. Ahí estabas vos, parado, vestido con la misma ropa que llevabas en mi sueño. Pero no estabas en la mitad del puente. Estabas aterrado como un niño, al borde de tu isla. Temías que esas maderas que habíamos juntado para armar el puente no fueran suficientes, no alcanzaran para sostener tu peso y el mío, y no querías subir. Llorabas y cuando yo llegué a mi mitad, y te llamé, tus palabras se confundieron con sollozos.

Pobre, pensé. Los dos estabamos al tanto de la construcción de puentes como hábiles arquitectos -al menos para lo que llevábamos de práctica- y seguramente varios de tus puentes anteriores habrían fallado. A mi también me habían fallado varios de mis puentes. Todavía tenía golpes de las caídas anteriores. Volví a llamarte desde mi lugar, pero seguías abrazándote y escondiendo la cabeza entre tus piernas, hasta que poco a poco y sin dejar de llorar, te acercaste.

Te vi gigante al principio. No podía asociar la imagen de tu figura caminando hacia mí con la del niño llorando aterrado. Y cuando llegaste hasta la mitad del puente nos besamos. Fue el momento más feliz de mi vida, quizás por eso duele tanto mirado desde acá.

Tus labios eran la dulzura más tierna, me susurrabas palabras al oído con la voz más hermosa del mundo mientras tejías tu puente y mi puente, mientras construíamos esto que era sólo nuestro. Bajaste a mi isla muchas veces y te enseñé todos los escondites, todos los que vos no descubriste por tu propia cuenta. Me llevaste a recorrer tu isla y entendí algunos laberintos, y por qué caminabas raro algunas veces.

A veces corrías adelante mío por tu isla, y a mi me costaba seguirte. Son distintos nuestros paisajes y no estoy acostumbrada a tus tierras. Un día corriste tan rápido que te perdí de vista. Primero pensé que te habías caído al agua. Cuando llegué a la orilla y pregunté por vos no contestaba nadie y lloré. Lloré porque pensé que por no correr tan rápido como vos, te había perdido. Entonces volví a mi isla, a veces me acordaba cómo volver sola. Y volví a encontrarme con mis ríos, mis abedules, mi arcoiris.

Volvía seguido hasta nuestro puente y te llamaba, cuando llegaba hasta la mitad. Habíamos acordado implícitamente no cruzar a la isla del otro sin estar de la mano del otro. Pero después de muchos días de sólo escuchar tu canto a lo lejos, decidí cruzar el puente. Detrás mío iban rompiéndose las maderas y las sogas que tanto tiempo nos había tomado atar.

Recorrí con cuidado entre tus montañas, tus habitaciones y tus pastizales blancos que brillan con el reflejo del sol, y escuché tu voz en algún momento. Me acerqué despacio hasta la otra orilla, opuesta a la que daba con nuestro puente. Había ahí otra isla, otras múltiples islas pequeñas, niñas que alzaban sus brazos puentes hacia vos, que hacían de sostén a tus maderas marchitas que se resquebrajaban bajo tus pasos.

Estás viejo para estas cosas... pensaba yo. Me alejé con cuidado de no molestar más en tu isla. Tus sauces me acompañaban la tristeza, y crucé por última vez el puente que habíamos construido, sabiendo que pronto vendria a buscar las maderas para armar una balsa.

lunes

Esto no es un poema.
Es un conjunto de cosas y sensaciones.
Cosas nuestras y a veces no tan nuestras
que nos interrumpen
y parecen cosas vivas, paridas
por alguna memoria traviesa.

Me acostumbré a tu voz
en estos tres años.
A veces pienso que tu vos
se acostumbró a mí.
( Pero eso pasó en menos de tres años )

Me sonrío si pienso en sostener tu mano
creo que porque sé
(cuando estás conmigo)
que te quedás siempre
que cuando te vayas tu mano va a seguir ahí
conmigo.

Como las nubes o como el viento...
Y cuando te volvés lluvia me encanta.

Me acuerdo
-y es un recuerdo molesto el cual paso a nombrar-
que se movían tus labios pronunciando ve cortas
y eses y tés,
y todo eso es un detalle inquieto
un ruido en las palabras que se sirven de esos sonidos
porque yo pienso en tu boca
y en tus ve cortas.

Esto no es un poema.
Es aburrido para poema.
Es un cuadro que se equivocó de expresión,
y se volvió palabras, como mi amor, a veces,
que se vuelve palabras,
y se equivoca.

Entiendo que en tus idas y venidas,
en el ritmo de tus pasos, hay un silencio,
un silencio inmenso,
capaz de contener toda la magia del mundo,
todas las hormigas y todas las montañas.

Quiero quedarme cerca tuyo
para poder encontrar esos versos
que se vuelven cadáveres de tinta al salir de nuestros labios.

Quiero que sea siempre veintiseis de diciembre,
encontrarte
y descubrir que nunca te habia visto como ahora
y perderme en tus ve cortas y tus eses.

Quiero que sea siempre tu vos.
Y encontrar la confianza en un segundo eterno
que ahora tiene sólo tres años.
Tres años cerca.

sábado

Se enriedan tus dedos en mis manos de tinta
que dibujan besos en tu piel.

lunes

Se encienden tus palabras a veces
y me matan de a poco
entumecen mis labios
y espero en una infinidad de silencios irreversibles.

Después lloro...
a veces trato de que no te des cuenta.
Sangran mis pechos por donde estuvo tu lengua.
Arden mis brazos donde estuvieron tus manos.

A veces buscaría dejar de escribir,
pero repetir las sensaciones en palabras
me adormece y envuelve
en interminable remolino de colores y curvas disonantes.

Sin embargo hay algo
una perversa manía de dejar las cosas incompletas
quizás un verso de tinta borrosa
que de poder leerse narraría todas (tus) mis versiones

que me deja
con la esperanza muerta
de que algun día entiendas
la soledad que me espera detrás de tus silencios.

martes

El pánico de ahogarte en mis mares
de palabras, de emociones,
El miedo de perderte
entre las olas,
votaron por mí y te mentí,
Amor.

Te dije que vos no eras,
nos engañé a ambos en juegos
de palabras frías
de olas de arena,
de caminos vacíos.

Me quedé quieta.
Helada
en el vértice
entre tu isla y mi isla.

Para no perderme
de vos
dejé que te volvieras musa
de casi todas mis poesías,

Cuando en realidad...
(A veces me ato a la gente
para no perderla
y me pierdo)

Quisiera soltarte
dejar que no me invada cada uno de tus pasos
que camines hacia donde quieras
y no darme cuenta.

Pero tus besos, tus voces,
tus silencios,
las partículas de oxígeno que te alimentan...
todas, todo,
me vuelve a mi, impregnado de vos.

Me envuelve,
me asalta y me ata.

A veces me odio
por disfutar la presión de las cadenas.

viernes

Gracias...

Quizás sin los quilómetros de autopista que me alejaban de mi mundo, sin las paredes que delimitaban lo posible, sin las luces que me atraían hacia una habitación sin ventanas, no hubiera conocido su mundo. Su mundo que ahora también es mi mundo.
Cosas como un corset, tachas (me acuerdo cuando tuve mi primera pulsera de tachas, 15 años, la primera vez que veía una cosa así fuera de la pantalla, créanme), cadenas (fuera de las de la hamaca, que sí las conocía), cualquier tipo de ganchos (ganchos!), polleras (que no fueran de nena, o las del colegio o las de puta a lo animal print, de esas sí existían), hebillas, fajas, camperas de cuero (cuero! qué es eso?! ah, lo que usan las personas grandes y ricas), esmaltes de otros colores que no fueran ni durazno ni rosita, delineador... DELINEADOR, ¿qué es eso por dios? (la primera vez que usé delineador tenía 12 años, no puedo explicar la cosquilla que me hizo, y fue para disfrazarme de china para una puesta en escena..., me tenía q hacer los ojos achinados, terminé llorando y el delineador all over my face. [igual lloraba por otra cosa]), labiales oscuros, ropa oscura... todo ni siquiera 'lejos', todo 'inexistente'. No sé si se llega a sentir cómo se sentía.
Pero algunas cosas sí existían. Existía la verdad (mi verdad, distinta a la de los demás, probablemente la verdad de ciertos libros, ciertos personajes). Existía interesarse realmente por lo que preocupa a una persona, existía el querer aprender, querer saber. Existía el no preocuparse por cuánto engorda la comida que uno quiere comer si está rica. Existía lo competitivo, la lucha por poder más que, por simplemente poder. Se podía (yo podía) contemplar una hormiga y ver la humanidad en ella, intentar ponerlo en las palabras -escasas, primitivas quizás- que conocía en ese momento. Tratar de conjugarlo y mejorar a partir de mí misma, porque era la loca y, micaela, dejá de romper las pelotas.
Quizás cuando te conocí vi todas esas cosas que yo conocía en mí, que me hacían la loca, y que si ustedes también... entonces por lo menos no era la única loca.
Quizás cuando te conocí creí que habrías salido de una de esas pantallas, que si encima compartías mi verdad, si encima tenías otras verdades que yo podía compartirte, entonces... entonces quizás sí existía eso tan irreal. Sí era posible vestirse de cierta manera, tener ciertos gustos.
Quizás podía volverme única para mi misma, sin tener 'modelo a seguir' en alguno de ustedes, y ser única tanto allá como acá. Allá era fácil. Alcanza con tomar su estética y mostrar mis ideales. (Por lo general es así, si se condicen tu estética con tus ideales entonces sos una loca y listo). (Mi problema de siempre es que intentaba tener la estética de otros con ideales propios, y terminaba siendo una gelatina sin sabor.)
Acá volverme única (al menos para mi misma, creo que es lo que cuenta) me costó/cuesta bastante más. Y probablemente, como dijiste en algún momento, "te parecés cada día más a él, mirá como eras al principio y mirate ahora, toda vestida de negro." Algunos me dieron permisos más visibles que otros.

En mis dibujos mi pelo era azul (todavía no me había teñido nunca pero sabía que en algún momento lo haría), mi ropa azul oscura y negra, y usaba una cadena de cinto. Y botas. En la realidad, jeans, t-shirt y zapatillas. Y el pelo así como estaba, ni corte... por lo que me importaba la realidad, mi realidad imposible estaba en los escritos, estaba en los sueños, estaba en mis manos, en mi tinta.

Por eso Gracias. Ahora sí la estoy viviendo.


(las segundas personas son casi todas diferentes)

domingo

Qué perfectas que son las cosas con el tiempo.
Qué hermoso que fue esa sola tarde,
Las lágrimas saladas
la niña guardándolas en su boca.

Se contamina el presente de autores,
ruidos que ensordecen, nubes de humo,
el pasado está lleno de recuerdos
que se vuelven preciosos...

Qué intactos parecen tus besos del principio,
deliran mis fantasmas, inventan
otros besos, más-o-menos parecidos,
a tus besos de ayer...

Tan distintos de tus besos de hoy, son
esos besos del pasado, transformados,
pulidos por el tiempo y a lo lejos va quedando
un beso único, que llora.

Pero las lágrimas pasadas también son bellas.
Cuán perfecto es que llorara sola en el pasillo,
cuán exacto que nunca volviste por ella...
Escribió su libreto con tinta transparente.

Cuando te esperaba y no viniste,
cuando viniste y yo no estaba.
Errores del tiempo que él mismo
se encarga de corregir,

El pasado brilla y me ilusiona,
me llora y mi dolor todavía no vino.
El pasado intacto, artista de las cosas,
deformador de recuerdos,
dejalo así que te quedó precioso,
aquellos eran tan buenos tiempos,
y el presente te consume,
y el pasado se divierte.
Él las amaba en silencio, ella escuchaba sus silencios y los traducía.
Quería ser víctima de ese amor, y fue víctima de los silencios.
Nunca pudo escucharlos, y a él, cuyos silencios ahora escuchaban otras,
no le alcanzaban las palabras para traducirle su amor.

miércoles

Muy 'a veces' son los besos. La mayor parte de las veces son los hilos que conectan nuestro cerebro con los labios, lo que sentimos con lo que hacemos. A veces no sentimos... y hacemos. Pero por lo general si sentimos hacemos, y ahí mezclamos todo. Y entonces hacer algo indica un cambio, algo que dejó de ser igual... para alguno de los lados. Pero el otro lado hace por hacer, sin sentir, y nosotros esperamos ese momento en el que nos demos cuenta qué cambió, en el que podamos gritar felicidad porque no somos los únicos ingenuos que se dejaron afectar por eso que pasó. Para no sentirnos solos, para no tener que decidir si nos resultamos graciosos o nos damos lástima.
Él te dio un beso, y para el segundo beso vos ya veías a tus nietos correr por el patio. Te perdiste del beso... y ya está, si todavía recordás cómo se sintió tenés suerte- al menos te acordás de la mitad. ¿Qué sintió él? Andá, preguntale.
¿Notaste que volvieron de la mano a casa? ¿Cómo se sentía su piel? No... no su piel mientras hacían el amor. Eso pasó en tu cabeza y él todavía no quiere hacer el amor. Primero quiere sostener tu mano. Primero quiere acercarse a vos.
No podés responderme porque no sabés. Porque la piel de su pecho y sus hombros estaba cálida en tu mente. La mano de quien camina a tu lado está fría... tiene frío y si estuvieras ahí, sabrías que quiere que lo abraces.
...
se mata la confianza que estuvo ahí alguna vez. Que antes de ese beso fue la normalidad de dos personas que se querían. Pero que después... quién sabe después. Y nos retorcemos para encontrarle una explicación a la fruncida de ceño, el doble parpadeo, el vestigio de sonrisa, el cansancio o felicidad de nuestro interlocutor. ¿Y si después no te quiere más? ¿Y si él no pensaba lo mismo que vos? Nos esforzamos en pensar lo mismo que él... y no llegamos a sentir la mitad de la sorpresa de cuando realmente estamos sintiendo lo mismo. Saber si el cambio va a ocurrir o no, si el mundo dejó de girar para él tanto como para nosotros... ¿en qué piensa? ¿me buscará? ¿lo tengo que buscar yo?... Demostrame que hubo un cambio, mi amor, que quiero decirte así sin tener miedo de que ya no me quieras, de que nunca me hayas querido, de que sea todo fantasía mía.
Nunca dejaste de fantasear... y lo peor es que sabés que si hubieras estado ahí, realmente estado ahí, no te cabrían dudas. Y después no te caben dudas de los momentos en los que estás, pero cuando no estás te asusta, y te encerrás, y te quedás encerrada... y te volvés hacia los besos que ya no te acordás si fueron o si vos pensaste que iban a ser. Y los culpás de hacerte reconsiderar las cosas, controlar que no estés olvidándote puntos de vista, que no estés malinterpretando una situación. Cambiaron las cosas y podés percibirlo, ¿pero para qué lado cambiaron? ¿Por qué cambiaron? ¿Por qué no podemos portarnos como si fueramos amigos y besos y amarnos? Entrar en esta categoría social de "noviazgo" nos convierte en esclavos de un debería, nos confisca las sorpresas que antes se daban tan fácil, que no "tenían por qué" estar ahí.

Construimos una vez un puente, un puente valiosísimo, un puente que brillaba como si estuviera hecho de rayos de sol. Admirábamos cada momento en el que una nueva pieza (por pequeña que fuera) era agregada a nuestro puente, y amábamos poder comunicarnos con la isla que era el otro. En un momento nos dijeron que esos que parecían rayos de sol lo eran realmente. Entonces cada piedrita, cada trozo de madera, cada figura tallada en nuestro puente, cordon o columna que lo sostuviese... ¿qué valía, si teníamos rayitos de sol? Sí, estaban ahí. Eran necesarias para la existencia de nuestro puente. ¡Pero había rayitos de sol! Ante ésos, las demás cosas se volvían insignificantes por sí mismas- pero necesarias. ¿Y ahora qué hacemos, amor? De repente empecé a decirte así... supongo que porque, bueno, las amistades no tienen rayitos de sol. Y no, bueno, no, no eran rayitos de sol lo anterior. Eran parecidos.
Tonta.
Quisimos cuidar eso que ahora sabíamos que eran rayitos de sol. Y lo perdimos en el intento de conservarlo... por dejar de prestarle atención a las piedritas, la madera, las sogas y columnas. El puente de rayitos de sol no se sostiene por sí solo. Y el puente sin rayitos de sol es diferente... quizás pasa a parecerse más a los demás puentes.
Un noviazgo está hecho de te-amos y besos. Y visitas a ciertas horas cada ciertos días. Y amores y encuentros físicos, emocionales y psicológicos de diversos tipos. ¿Y en qué se diferencia de una amistad? ¿En que los rayitos de sol tienen título de rayitos de sol?

Buscamos algo que haya sido el detonante. Eso que nos llevó a considerar las cosas, a ver que algo era diferente. Sólo muy 'a veces' son los besos.